
Como se afirma en el titular principal del reportaje de referencia que este número les ofrece Salut i Força, el tabaco siempre pasa factura. Puede que la pase al cabo de uno, cinco, diez, veinte o cuarenta años, pero esa factura llega, ineludiblemente, tarde o temprano. En las sociedades occidentales, el tabaco mata a millones de personas cada año. De todas las patologías asociadas a la dependencia tabáquica, tal vez el cáncer de pulmón es la que mayor temor causa entre la población, pero no es la única a la que es necesario tener miedo, ni mucho menos. Tal como se explica en el reportaje, el abuso del tabaco provoca enfermedades cardiovasculares y respiratorias de extraordinaria gravedad que diezman las expectativas de vida de las personas y arruinan su salud.
Entonces, si ello es así, y bien que se encargan de recordarlo las cuantiosas campañas informativas que se realizan a tal efecto, ¿por qué un importante sector de la población continúa fumando? En primer lugar, conviene recordar que el tabaco es una droga. Legal y socialmente aceptada, pero una droga, al fin y al cabo. Y siempre es complicado dejar atrás la dependencia física, psicológica e incluso emocional que genera una droga. Por otro lado, el entorno continúa sin ser el más apropiado para estimular la superación del tabaquismo. Es cierto que desde las instituciones se están realizando esfuerzos para proteger el derecho a la salud de los fumadores pasivos (que constituyen, por otra parte, el segundo gran colectivo afectado por las consecuencias nocivas del tabaco) y para apoyar a los fumadores activos que, realmente, desean rehabilitarse.
Sin embargo, pese al ligero descenso de personas adictas al tabaco registrado, por ejemplo, en la Comunitat Valenciana, estos esfuerzos no son suficientes. Para que lo sean, es imprescindible ir más lejos, actuar con más atrevimiento, y legislar normativas que, como ocurre en otros territorios europeos y ya no digamos en países como Estados Unidos, supongan una auténtica y radical restricción del tabaco en beneficio de la salud general.
En España, la legislación se ha mostrado eficaz en la limitación de las prácticas tabáquicas en buena parte de espacios públicos, como edificios institucionales, centros hospitalarios, terminales aeroportuarias y otros muchos. Sin embargo, persisten casos flagrantes que exigen una urgente revisión de la normativa. Estamos hablando de los bares, las cafeterías, las discotecas y los locales de ocio, en general, donde la habilitación de espacios sin humo se ha revelado como una medida que dista de deparar los resultados apetecidos, condenando ya no solo a los clientes no fumadores sino, de manera especial, a los trabajadores que tampoco fuman, a aspirar, pasivamente, el humo del tabaco de otras personas. Es una situación que debe resolverse de la misma manera que se ha hecho en Europa, es decir, restringiendo completamente el tabaco y limitándolo a locales especialmente adaptados para esta práctica.
Los datos sobre los efectos del tabaco están ahí, y resultan sumamente elocuentes. Por ello, la actuación de las administraciones públicas, y de la sociedad general, también ha de serlo.