
Lo que está ocurriendo en la ciudad de Valencia con las motos (incluyamos bajo este nombre a todo vehículo motorizado de dos ruedas, desde las de gran cilindrada hasta los pequeños ciclomotores de 49 c.c.) empieza a aproximarse, peligrosamente, a algo parecido a la paranoia recaudatoria. En el resto de grandes ciudades del mundo se intenta incentivar el uso de estos vehículos por razones obvias: su menor consumo y contaminación, el escaso espacio que precisan tanto para aparcar como para circular en cascos urbanos, o su versatilidad a la hora de facilitar el paso a vehículos de emergencia (policía, ambulancias y bomberos). Aquí, una ciudad en la que, precisamente, y gracias al clima del que disfrutamos casi todo el año, la moto debería ser el medio de transporte no público por excelencia, resulta que nos dedicamos a perseguir indiscriminadamente a todo aquel que se atreva a subirse a uno de estos vehículos.
Y lo peor del caso es que las sucesivas campañas, tanto oficiales como de los medios de comunicación, han conseguido criminalizar a todo el colectivo motero. En Valencia, por el mero hecho de llevar un casco en la cabeza ya eres poco menos que un criminal en potencia. Y si osas coger la moto en fallas, ¡pues ya ni te cuento! Está bien que se controle, se identifique y se detenga a todo descerebrado que utilice su motocicleta para hacer el gamberro, sea antes, durante o después de la ‘mascletá’. Hartos estamos de ver esos espectáculos lamentables en todos los programas nacionales, con auténticos locos haciendo ‘caballitos’ en las vías más importantes, mientras les graban para su regocijo. Somos los primeros en aprobar que se persiga a todo motero que incumpla las normas del código de la circulación. Pero, ¿por qué el nivel de persecución y control tiene que aplicarse con una rigurosidad muy superior al de los demás vehículos?
Hoy en día, coger una moto en Valencia es jugársela a no saber nunca si llegarás a tiempo. Porque el hecho de que te paren en uno de estos controles indiscriminados, que son sólo y exclusivamente para motocicletas, no te garantiza en absoluto que, en el próximo control, no te vuelvan a hacer desmontar media moto para comprobar los mismos papeles, el mismo número de bastidor y la misma etiqueta de la ITV que en el control anterior. Teniendo en cuenta que es frecuente que a un motorista se le pueda parar más de una vez en el mismo día, ¿sería muy descabellado pedir que el agente del primer control nos facilitase un papel que le sirviese a su compañero del próximo control para no hacernos desguazar, en plena vía pública, la moto nuevamente?
El último ejemplo de esta fiebre recaudatoria dirigida contra los motoristas nos lo han dado los agentes de la Policía Local de Valencia apostados en las inmediaciones de la Plaza del Ayuntamiento durante las ‘mascletás’. Una vez finalizada su labor de impedir el acceso de vehículos a las inmediaciones de la plaza, se dedican a multar a las motos aparcadas encima de todas las aceras. No sólo de las aceras más estrechas, donde lógicamente no se debería aparcar, sino incluso en aceras tan enormes como la de la plaza de toros o la plaza de San Agustín. No en vano, el número de plazas habilitadas en el centro para el estacionamiento de motos, es totalmente irrisorio. Lo es durante todo el año, pero especialmente en fallas. ¿Cuál es la solución de aparcamiento que propone la administración? ¿Realmente es necesario sancionar a las motos que, durante el tiempo que dura la ‘mascletá’, estén estacionadas en aceras suficientemente anchas como para no interrumpir el paso de peatones? Parece que la respuesta es obvia, y una vez más lo que prima es el insaciable espíritu sancionador de la administración sobre cualquier otra consideración.
Esperemos que, al menos, parte del dinero recaudado con estas multas se emplee en beneficio del propio colectivo motero, el más castigado, junto al de los ciclistas, por los accidentes de circulación. Por ejemplo, estaría bien que se abordase, de una vez por todas, la sustitución de los peligrosos y anticuados ‘quitamiedos’ (auténticos cuchillos para trocear motoristas, tal como los definió un conocido corredor de motos) que aún existen en los accesos a Valencia. Ya en el año 2000, las fatídicas estadísticas decían que 700 motoristas salieron despedidos en uno de los más de 420.000 soportes que había instalados en España. Si sacamos un sencillo calculo y multiplicamos estos datos por el actual número de motoristas y por los cientos de nuevos kilómetros de autovías equipados con los mismos guardarraíles, las cifras producen escalofríos.